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Desacelerar, es como dejar de fumar, ¡es un proceso de desintoxicación!

Y esto no ocurre de un día para el otro.

Se necesita tiempo…evidentemente… y normalmente una buena razón que motive este acto de valentía.

En mi caso, obligado y forzado, la razón se ha impuesto ella sola: una torticolis.

Era jueves por la mañana, el fin de semana no quedaba lejos, pero era una de esas semanas que parecen no querer acabar nunca. ¿Esto que digo se parece a todas vuestra semana de trabajo? A las mías también.

A fuerza de buscar la manera de volver más humana esta posición robótica de ocho horas delante del ordenador, me estiro, inclino la cabeza hacia la izquierda, hacia la derecha, arriba, abajo, y ahora mueve las caderas, ah no, eso es de mi curso de zumba.

Entonces tengo una idea brillante, como cada día a las 11.30, prepararme la enésina taza de café. Allí es donde se produjo el drama. Los ojos brillantes por los miles de píxeles, dejo escapar la capsula de plástico llena a rebosar de un café de procedencia no identificada. Y cuando me levanto de haberla recogido, crac.

Incapaz totalmente de mover el cuello, escribo como puedo un mensaje de ausencia para mis colegas, tan breve como esta interrupción involuntaria de la productividad: “Me voy por hoy”. Y aquí estoy camino de urgencias.

Unas horas (es un eufemismo) después, y con collarín, me veo forzada a tres días de reclusión y a una mayor inmovilidad.

 

Día 1

Me despierto a las 08.30. Que bien, no hace falta ir a trabajar! Me vuelvo a dormir. Me vuelvo a despertar a las 09.30, las uñas entre los dientes. Me levanto, me ducho, me visto, desayuno. Son las 10.30, ¿y ahora qué?

– ¿Voy a aprovechar para hacer las compras? Imposible cargar con lo que sea.

– Para un día libre que tengo entre semana, tanto ir al banco, como a correos, como a….no, imposible cruzar una calle con una visión reducida de 20 grados.

Empiezo a contemplar la posibilidad de no poder aprovechar un día entre semana sin trabajar. Me siento inútil. Tengo la impresión de perder mucho tiempo.

Día 2

Me despierto a las 09.45, hay un progreso. Si no puedo caminar, puedo todavía escribir. Aunque mi cuerpo parezca decir stop, mi cerebro no ha desacelerado aún. Empiezo a visualizar este artículo en mi cabeza, con las palabras claves ya decididas, los párrafos a traducir, las formulaciones a trabajar.

A las 12.30, me lanzo a cocinar. Como entre semana, me gustaría no pasar más de 15 minutos en la cocina, hay cosas más importantes para hacer. Salvo que con un collarín por el medio, olvidados los gestos rápidos, precisos y eficaces. Me lanzo a un maratón gastronómico que se alargará hasta las 15.00.

Me tomo una ducha, y son casi las 17.00. Comienzo a aceptar el hecho de que no puedo ir más rápido. Abro un libro. Así paso el resto de la jornada.

Un poco antes de medianoche, me deshago de la torpeza de mi habitación y de posición de infortunio, chapada contra la pared que enmarca mi cama. Abro la ventana del salón para hacer circular el aire. Y como no puedo salir, observo lo que pasa por allí abajo, en fin, aquello que pasa enfrente sobre todo, porque abajo, no alcanzo a ver aún!

Teniendo la suerte de vivir enfrente de un gran hotel, puedo ver decenas de pequeños teatros en los cuales a veces las cortinas están abiertas. Empiezo a conocer sus anfitriones de un día, o de una estancia. Me reencuentro con algunos al día siguiente para el desayuno. Son las 11.30, todos hemos trasnochado un poco.

Ellos groguis de su noche loca en la capital de la fiesta, yo dolorida de mi sueño encarcelado, encajonada entre los muros, tres almohadas y dos enciclopedias para evitar rodar hacia los lados. Aquí estamos ahora sentados en la mesa, cada uno delante de su taza de café.

La mía, una vez que no es Coutume, me tomo el tiempo para reconocer su proveniencia, de hacerlo pasar a través de un filtro de papel, gracias a un agua hervida que está entre 92 y 94 grados, bien tranquilamente,  para un café vertido como la miel, untuoso, sin jamás quemarlo.

Comienzo a redescubrir mi piso. Me place observar los pequeños detalles de la vida en la calle que cambia contantemente, al ritmo frenético de este tren lanzado a toda velocidad que es Barcelona. Y el infortunio de haber rodado por varios días me hace ahora reflexionar hasta qué punto conducía yo también peligrosamente, con los ojos vendados.

Cruzo el apartamento, hacia la pequeña terraza que da a los patios interiores a la que no voy nunca. Es de noche, mañana comenzamos de nuevo. Respiro la calma de este oasis en la ciudad, observo las luces de los vecinos que se encienden y se apagan a lo largo de las conversaciones y de los minutos, de las horas tal vez, qué se yo, mi reloj está a partir de ahora bien guardado, al fondo de un cajón cerrado con llave.